Ana Karenina
Ana Karenina
Mijailov le vendió el cuadro a Vronsky y aceptó retratar a Ana.
El día fijado acudió y empezó a trabajar.
Desde la quinta sesión, el retrato los sorprendió a todos, y más que a nadie a Vronsky, no sólo por el parecido con el original sino en especial por su belleza.
Asombraba el acierto con que Mijailov había sabido reproducir la peculiar belleza de Ana.
«Parecía necesario conocerla y amarla como yo para encontrar lo más querido a íntimo de su expresión espiritual», pensaba Vronsky, aunque en realidad sólo a través de aquel retrato había conocido lo querido a ínfimo de tal expresión. Pero era tan exacta que a él y a otros les parecía conocerla desde mucho antes.
–¡Tanto tiempo luchando para no hacer nada! –decía Vronsky, refiriéndose al retrato de Ana que pintaba él–. Y este hombre la ha captado apenas la ha visto. ¡He aquí lo que significa la técnica!
–Eso se adquiere –le consolaba Golenischev, a juicio del cual Vronsky tenía talento y, sobre todo, la cultura que da un concepto elevado del arte.