Ana Karenina
Ana Karenina Y de pronto, en vez de esto, resultaba que su vida de casado no sólo no se organizaba de un modo peculiar, sino que se componía precisamente de aquellas mismas pequeñeces que tanto despreciara antes, y que ahora, contra su deseo adquirían una importancia extraordinaria. Ahora veía que su solución no era empresa tan fácil como antes le había parecido. Aunque pensaba conocer muy bien la vida familiar, él, como todos los hombres, no la imaginaba sino como un goce del amor no obstaculizado por nada y del que debían apartarse todas las pequeñas preocupaciones.
Según él, una vez hecho su trabajo, debía descansar en la dicha del amor. Kitty debía ser amada y nada más. Pero Levin olvidaba, como todos los hombres, que ella también tenía que trabajar. Y le sorprendía que aquella gentil y poética Kitty pudiera, no ya en las primeras semanas, sino en los primeros días de su vida conyugal, pensar, acordarse y preocuparse de manteles, muebles, colchones para los huéspedes, bandejas, comidas, etc.
Ya de novios le había impresionado la firmeza con que Kitty se había negado a hacer el viaje al extranjero, prefiriendo ir al campo, como si pensara ya en algo que era preciso hacer, y pudiese, aparte del amor, pensar en otras cosas.