Ana Karenina

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Esto le ofendió entonces y ahora le ofendía: su preocupación por detalles materiales a los que él no daba ninguna importancia. Y Levin, que la amaba, aunque burlándose de su esposa por todo ello, no podía dejar de admirarla.

Sonreía al verla colocar muebles llevados de Moscú, arreglar de un modo personal y nuevo su habitación común, colgar las cortinas, ordenar las habitaciones destinadas en el futuro a los invitados y a Dolly, aderezar el cuarto de su nueva doncella, encargar la comida al viejo cocinero, discutir con Agafia Mijailovna retirándole la custodia de las provisiones.

Observaba cómo el viejo cocinero sonreía admirado, cómo Agafia Mijailovna movía la cabeza, cariñosa y pensativa ante las nuevas disposiciones de la joven señora referentes a la despensa, y encontraba gentilísima a Kitty cuando, entre risas y lágrimas, decía que la doncella Macha, acostumbrada a considerarla corno una señorita, no la obedecía.

Levin sonreía entre divertido y extrañado, pero, a pesar de todo, le parecía que habría sido mejor que su joven esposa no se ocupara de aquellas cosas.


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