Ana Karenina
Ana Karenina No comprendía Levin lo que representaba para ella, el cambio que se había producido en su vida, el hecho de que antes, cuando estaba en su casa, si quería col con Kwass o bien bombones no podía conseguir a veces ni una cosa ni otra; y que ahora le fuese posible encargar todo lo que quería, comprar montañas de bombones, gastar cuanto se le antojaba, comer coles con Kwass o bombones a su gusto y hacer traer los dulces que le gustasen.
Ahora Kitty pensaba con alegría en la llegada de Dolly con los niños; sobre todo porque encargaría para éstos sus golosinas preferidas, mientras Dolly podría apreciar el nuevo orden que reinaba allí.
Sin saber porqué, los quehaceres de la casa le interesaban en extremo. Sintiendo por instinto la proximidad de la primavera y sabiendo que aún habría días de mal tiempo, arreglaba su nidito lo mejor que podía, apresurándose a construir y a aprender cómo había que construir.
La preocupación de Kitty por las cosas pequeñas del hogar, tan distinta al elevado ideal de felicidad que Levin se había formado al principio de su matrimonio, era uno de sus desengaños. Pero la gentileza con que ella se entregaba a tales ocupaciones –sin que Levin comprendiera porqué, aunque le encantaba– constituía a la vez uno de los atractivos de su nueva vida.