Ana Karenina

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Otra decepción mezclada de encanto eran las discusiones.

Levin no había imaginado nunca que entre su mujer y él pudiera haber otras relaciones que las dulces y amorosas, y de pronto, desde los primeros días de su casamiento, desde que ella le dijo que él no la quería, que sólo se quería a sí mismo, lo que afirmaba llorando, y agitando las manos con desesperación, empezaron entre ellos las disputas. La primera se produjo un día en que Levin había ido a la granja nueva: queriendo volver por el atajo se extravió y estuvo ausente media hora más de lo esperado.

Volvía a casa pensando en ella, en su amor, en su dicha, y, cuanto más se acercaba, más ternura sentía hacia Kitty. Al entrar corriendo en la habitación, henchido de tales sentimientos, más vivos aún que el día en que se dirigiera a casa de los Scherbazky a pedir su mano, la halló inesperadamente seria, como no la viera nunca.

Intentó besarla y ella le rechazó.

–¿Qué te pasa?

–Traes muchas ganas de fiesta –repuso ella queriendo aparecer tranquila y mordaz.


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