Ana Karenina

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Pero, apenas abrió la boca, las reconvenciones dictadas por unos celos absurdos, todo lo que la había atormentado durante aquella media hora que había pasado sentada a la ventana, brotó como un torrente en sus palabras.

Sólo entonces comprendió Levin lo que no comprendiera antes, cuando la sacó de la iglesia después de la boda: es decir, que no sólo Kitty era algo muy suyo, sino que él mismo no sabía dónde terminaba ella y empezaba él. Lo comprendió por el doloroso sentimiento de escisión que experimentó en aquel instante. Primero se ofendió, pero en seguida después se dijo que no podía ofenderle que Kitty fuera una parte de sí mismo.

Experimentó al principio lo que un hombre que, sintiendo un violento golpe por detrás y volviéndose enojado y anheloso de venganza en busca del agresor, halla que él mismo se ha lastimado por descuido; no tiene contra quien volverse, y le es preciso calmarse y soportar el dolor.

Nunca en los días que siguieron había de experimentarlo tan vivamente, pero entonces tardó mucho en recobrar su tranquilidad. Ahora debía justificarse y mostrar a Kitty su error, pero hacerlo significaba enfadarla más aún, aumentando la separación que motivaba su pena.


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