Ana Karenina

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Capítulo 15

 

Habían vuelto hacía poco de Moscú y estaban satisfechos de su soledad. El, sentado ante el escritorio de su gabinete, escribía. Ella, con el vestido color lila que llevaba en los primeros días de su matrimonio, el vestido que Levin recordaba y quería especialmente, se hallaba sentada bordando en el diván de cuero que había estado siempre en el despacho del padre y el abuelo de Levin, y trabajaba en una labor de broderie anglaise.

Levin pensaba y escribía, sin dejar de sentir la presencia de su mujer. Los trabajos de su hacienda y la obra en que debía exponer su nuevo modo de dirigir las fincas, no habían quedado olvidados. Pero así como antes tales ideas y ocupaciones le parecían insignificantes en comparación a la oscuridad que rodeaba la vida, ahora le parecían secundarias y mínimas en comparación a la vida que le esperaba inundada de radiante luz.

Continuando sus trabajos, notaba que el centro de gravedad de su atención había pasado a otro objeto, y en consecuencia de ello veía las cosas con más claridad.

Antes, su trabajo era para él la justificación de la vida, pareciéndole que, sin él, la existencia era demasiado sombría. Y ahora necesitaba el trabajo para que su existencia no fuese demasiado monótona por exceso de luz.


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