Ana Karenina
Ana Karenina Levin se inclinó, cogió su mano, que se le resistía, y la besó, besó sus cabellos, la mano otra vez… Ella continuaba callando.
Pero cuando él le cogió la cabeza con ambas manos y dijo: «¡Kitty!», ella, repentinamente, se serenó, lloró un poco y ambos hicieron las paces.
Resolvieron ir juntos al día siguiente. Levin aseguró a su mujer que creía que ella sólo deseaba ir para ser útil y admitió que la presencia de María Nicolaevna junto a su hermano no representaba ninguna inconveniencia.
Pero, en el fondo, Levin estaba descontento de Kitty y de sí mismo. De ella, porque no había sabido aceptar el dejarle marchar solo cuando así le convenía. (¡Y qué extraño le era pensar que él, que hacía tan poco tiempo no osaba aún creer en la felicidad de que ella pudiera amarle, ahora se sentía desgraciado porque le amaba en exceso!) Y descontento de sí mismo, porque no había sabido mostrar firmeza de carácter.
Además, en el fondo de su ser, no podía aceptar que Kitty tuviese que ver algo con la mujer que vivía con su hermano; y pensaba con horror en las complicaciones que podían producirse.
El solo hecho de que su esposa hubiese de estar en una misma habitación con aquella mujer le hacía estremecerse de repugnancia y horror.