Ana Karenina

Ana Karenina

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–Además, está allí esa mujer con la que no puedes intimar…

–No sé nada y no quiero saber nada de nadie. Sólo sé que mi cuñado se muere, que mi marido se va y que yo voy con él para…

–Kitty, no te enfades. Pero este asunto es grave y me enoja que confundas un sentimiento de simpatía con el afán de no quedar sola. Si temes aburrirte sola aquí, vete a Moscú.

–¿Lo ves? Siempre me atribuyes pensamientos viles y bajos –repuso Kitty, irritada, llorosa y ofendida–. No he pensado en nada de eso. Sólo sé que mi deber es acompañar a mi marido en sus penas. Pero tú quieres ofenderme adrede, adrede no quieres entenderme…

–¡Es horrible! ¡Soy un esclavo! ––exclamó Levin, levantándose, sin poder reprimir su enfado. Pero inmediatamente comprendió que se hacía daño a si mismo.

–Entonces, ¿por qué te has casado? Para arrepentirte, bien podías haber seguido libre –repuso ella. Y levantándose de un salto, corrió al salón.

Cuando él la siguió, Kitty lloraba. Él trató de calmarla, buscando palabras que, si no lograran convencerla, la tranquilizaran al menos. Pero ella no le escuchaba ni aceptaba ninguno de sus argumentos.


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