Ana Karenina
Ana Karenina –¿Para qué? –repuso ella ofendida por la desgana con que Levin acogÃa su ofrecimiento–. ¿Acaso no puedo ir? ¿Es que voy a estorbarte?
–Yo me voy porque mi hermano se muere. Pero tú…
–¡Lo mismo que tú!
«En un momento tan grave para mÃ, ella no piensa más que en que se aburrirá sola», se dijo Levin. Y este pensamiento le llenó de aflicción.
–Es imposible ––dijo severamente.
Agafia Mijailovna previendo una disputa conyugal, dejó la taza y salió.
Kitty no la vio siquiera. El tono de las últimas palabras de su esposo la ofendÃa, en especial porque era evidente que él no daba ninguna importancia a lo que ella decÃa.
–Pues yo te digo que si te vas, me voy contigo por encima de todo –insistió con irritada precipitación–. ¿Por qué dices que es imposible? ¿Por qué lo es?
–Porque tengo que ir Dios sabe a dónde, por Dios sabe qué caminos, pernoctando en las posadas… Me estorbarás –dijo Levin procurando conservar su sangre frÃa.
–No estorbaré. No necesito nada especial. Donde tú estés, puedo estar yo.