Ana Karenina

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En su primera carta, ella le dijo que Nicolás la había echado a la calle sin culpa, añadiendo con ingenuidad que, aunque vivía en la miseria, no pedía ni deseaba nada, atormentándola sólo el pensamiento de que Nicolás, a causa de su decaída salud, iría cada día peor, y pedía a Levin que se preocupase por él.

Ahora decía otra cosa. Había encontrado a su hermano en Moscú, se habían unido de nuevo y habían marchado a una capital de provincia en donde Nicolás había hallado un empleo. últimamente, había, sin embargo, discutido con el jefe y había tomado la decisión de trasladarse de nuevo a Moscú, pero había enfermado en el camino y era muy poco probable que pudiera reaccionar. «Siempre se acuerda de usted y además no tenemos ya dinero.»

–Mira lo que Dolly dice de ti… –empezó Kitty, sonriente.

Pero de pronto se detuvo, observando el cambio en la expresiĂłn del rostro de su esposo.

–¿Qué te pasa? ¿Qué tienes?

–Mi hermano Nicolás se está muriendo. Tengo que irme.

–¿Cuándo?

–Mañana.

–¿Puedo ir contigo?

–¿Para qué, Kitty? –dijo Levin con reproche.


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