Ana Karenina

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El criado que servía la comida a los ingenieros en la sala común, acudía a veces a la llamada de Kitty con irritado semblante, pero no podía desatender las órdenes que ella le daba, porque lo hacía con tan suave insistencia que no se la podía desobedecer.

Levin no la aprobaba, ni creía que lo que hacía fuera útil para el paciente. Sobre todo, temía que su hermano pudiera enojarse. Pero Nicolás permanecía sosegado, si bien algo confuso, y seguía con interés las ¡das y venidas de su cuñada.

Al volver de casa del médico, adonde le enviara Kitty, Levin halló que estaban, por orden de la joven, mudando de ropa al enfermo. Su tronco largo y blanco, con salientes omoplatos y prominentes costillas, estaba al descubierto, y María Nicolaevna y el criado luchaban inútilmente por colocar las mangas de la camisa en el flaco brazo, caído contra la voluntad del enfermo.

Kitty, al entrar Levin, cerró con precipitación la puerta. No miraba al enfermo, pero cuando éste volvió a gemir se acercó a él.

–¡Vamos! –dijo.

–No se acerque… Yo mismo… –repuso él irritado.

Kitty comprendió que Nicolás se avergonzaba de aparecer desnudo en su presencia.


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