Ana Karenina
Ana Karenina –No le miro, no… –repuso ella arreglándole la manga–. MarÃa Nicolaevna: pase allà y póngale ese lado –añadió.
–Ve, por favor, a mi cuarto y, trae un frasco que hay en el saquito, en el bolsillo del lado –dijo a su marido–. Entre tanto, terminarán de limpiar aquÃ.
Al volver con el frasco, Levin halló al enfermo ya en la cama. Todo a su alrededor tenÃa otro aspecto. El olor desagradable habÃa sido sustituido por el de una mezcla de perfume y vinagre que Kitty, sacando los labios e hinchando sus encarnadas mejillas, esparcÃa a través de un tubito por la habitación.
En ningún sitio habÃa ya polvo; al pie del lecho se veÃa una alfombra. En la mesa estaban ordenados los frascos, la botella y la ropa necesaria, bien plegada, asà como la broderie anglaise en que trabajaba Kitty.
En otra mesa habÃa agua, medicamentos y una bujÃa. Lavado y peinado, entre las sábanas blancas y los almohadones mullidos, vistiendo la camisa limpia con cuello blanco del que salÃa su garganta delgadÃsima, el enfermo descansaba mirando a Kitty fijamente, con una expresión llena de renovada esperanza.
El médico, a quien Levin halló en el casino, no era el que hasta entonces atendiera a Nicolás y del que éste se sentÃa descontento.