Ana Karenina

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El nuevo médico aplicó el fonendoscopio, escuchó la respiración del enfermo, meneó la cabeza, prescribió una medicina insistiendo con especial meticulosidad en el modo de administrarla y después ordenó el régimen a observar. Aconsejó huevos crudos o apenas pasados por agua y agua de Seltz con leche recién ordeñada, a una determinada temperatura.

Cuando el médico se fue, Nicolás dijo a su hermano algo de lo que éste sólo percibió las últimas palabras: «Tu Katia… » .

Pero en la mirada de Nicolás, Levin comprendió que el enfermo la estaba alabando. En seguida Nicolás hizo venir a su lado a Katia, como él la llamaba.

–Katia –dijo–, me siento mucho mejor. Con usted me habría curado hace tiempo. Estoy muy bien…

Le tomó la mano y fue a llevarla a sus labios, pero, temiendo que ello la desagradase, desistió de su propósito y soltándole la mano se limitó a acariciarla. Kitty, con ambas manos, estrechó la del enfermo.

–Ahora, póngame del lado izquierdo y váyanse a dormir –dijo Nicolás.

Nadie le entendió, excepto Kitty. Y lo comprendió porque estaba en todo momento con la atención puesta en las necesidades del enfermo.


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