Ana Karenina

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–Ponle del otro lado –dijo a su marido–. Siempre duerme de ese… Ayúdale. Llamar a los criados es desagradable y yo no puedo… ¿Usted no puede hacerlo? –preguntó a María Nicolaevna.

–Le tengo miedo –repuso la mujer.

Pese al horror que inspiraba a Levin enlazar aquel cuerpo terrible y asir bajo la manta aquellos miembros cuya delgadez le asustaba, animado por el ejemplo de su mujer y con una decisión en el rostro que ella no le conocía, introdujo las manos entre las ropas y cogió a su hermano.

A despecho de su fuerza extraordinaria, le asombró el peso de aquellos miembros sin vida. Mientras le volvía al otro lado, sintiendo en tomo a su cuello aquel brazo delgado y enorme, Kitty, rápidamente, sin que lo notasen, volvió la almohada, la sacudió y arregló la cabeza y cabellos del enfermo, que otra vez se le pegaban a las sienes.

Nicolás retuvo en su mano la de Levin y éste notó que su hermano quería hacer algo con ella, llevándola no sabía a dónde.

Le dejó hacer, con el corazón estremecido…

Nicolás llevó la mano de su hermano a la boca y la besó. Agitado por los sollozos y sin fuerzas para hablar, Levin salió de la habitación.

 


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