Ana Karenina
Ana Karenina –Me honra mucho, Condesa, que recuerde usted mis palabras –dijo Levin, quien, repuesto ya, se amoldaba maquinalmente al tono habitual, entre burlesco y hostil, con que trataba a la Condesa–. ¡Debieron de impresionarla mucho!
–¡Figúrese! ¡Hasta me las apunté! ¿Has patinado hoy, Kitty?
Y comenzó a hablar con la joven. Aunque marcharse entonces era una inconveniencia, Levin prefirió cometerla a permanecer toda la noche viendo a Kitty mirarle de vez en cuando y rehuir su mirada en otras ocasiones.
Ya iba a levantarse cuando la Princesa, reparando en su silencio, le preguntó:
–¿Estará mucho tiempo aqu� Seguramente no podrá ser mucho, pues, según tengo entendido, pertenece usted al zemstvo.
–Ya no me ocupo del zemstvo, Princesa –repuso él–. He venido por unos dÃas.
«Algo le pasa» , pensó la condesa Nordston notando su rostro serio y concentrado. «Es extraño que no empiece a desarrollar sus tesis… Pero yo le llevaré al terreno que me interesa. ¡Me gusta tanto ponerle en ridÃculo ante Kitty!»