Ana Karenina

Ana Karenina

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–Explíqueme esto, por favor –le dijo en voz alta–, usted, que elogia tanto a los campesinos. En nuestra aldea de la provincia de Kaluga los aldeanos y las aldeanas se han bebido cuanto tenían y ahora no nos pagan. ¿Qué me dice usted de esto, que elogia siempre a los campesinos?

Una señora entraba en aquel momento. Levin se levantó.

–Perdone, Condesa; pero le aseguro que no entiendo nada ni nada puedo decirle –repuso él, dirigiendo su mirada a la puerta, por donde, detrás de la dama, acababa de entrar un militar.

«Debe de ser Vronsky» , pensó Levin.

Y, para asegurarse de ello, miró a Kitty, que, habiendo tenido tiempo ya de contemplar a Vronsky, fijaba ahora su mirada en Levin. Y Levin comprendió en aquella mirada que ella amaba a aquel hombre, y lo comprendió tan claramente como si ella misma le hubiese hecho la confesión. Pero, ¿qué clase de persona era?

Ahora ya no se podía ir. Debía quedarse para saber a qué género de hombre amaba Kitty.

Hay personas que cuando encuentran a un rival afortunado sólo ven sus defectos, negándose a reconocer sus cualidades. Otras, en cambio, sólo ven, aunque con el dolor en el corazón, las cualidades de su rival, los méritos con los cuales les ha vencido. Levin pertenecía a esta clase de personas.


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