Ana Karenina
Ana Karenina Y en Vronsky no era difÃcil encontrar atractivos. Era un hombre moreno, no muy alto, de recia complexión, de rostro hermoso y simpático. Todo en su semblante y figura era sencillo y distinguido, desde sus negros cabellos, muy cortos, y sus mejillas bien afeitadas hasta su uniforme flamante, que no entorpecÃa en nada la soltura de sus ademanes.
Vronsky, dejando pasar a la señora, se acercó a la Princesa y luego a Kitty.
Al aproximarse a la joven, sus bellos ojos brillaron de un modo peculiar, con una casi imperceptible sonrisa de triunfador que no abusa de su victoria (asà le pareció a Levin). La saludó con respetuosa amabilidad, tendiéndole su mano, no muy grande, pero vigorosa.
Tras saludar a todas y murmurar algunas palabras, se sentó sin mirar a Levin, que no apartaba la vista de él.
–PermÃtanme presentarles –dijo la Princesa–. Constantino Dmitrievich Levin; el conde Alexis Constantinovich Vronsky.
Vronsky se levantó y estrechó la mano de Levin, mirándole amistosamente.
–Creo que este invierno tenÃamos que haber coincidido en una comida –dijo con su risa franca y espontánea–, pero usted se fue inesperadamente a sus propiedades.