Ana Karenina
Ana Karenina Karenin, conteniendo una sonrisa de placer, se encogió de hombros y cerró los ojos, como dando a entender que tal cosa no le importaba. Sin embargo, la Condesa sabÃa que él, aunque no lo confesara, hallaba en ello sus principales alegrÃas.
–¿Cómo está nuestro ángel? –preguntó Lidia Ivanovna, aludiendo a Sergio.
–No puedo decir que esté muy contento de él –repuso Karenin, arqueando las cejas y abriendo los ojos–. Tampoco Sitnikov lo está.
Sitnikov era el profesor a quien estaba confiada la educación de Sergio.
–Como ya le he dicho, en Sergio hay cierta indiferencia hacia las cuestiones fundamentales que deben interesar el espÃritu de todos los hombres y de todos los niños –siguió Alexey Alejandrovich, tratando de lo único que le interesaba después del servicio: la educación de su hijo.
Cuando Karenin, ayudado por la Condesa, volvió a la vida activa, lo primero en que hubo de pensar fue en la educación de aquel hijo que habÃa quedado a su cuidado.