Ana Karenina
Ana Karenina No habiéndose ocupado nunca antes de problemas de educación, Alexey Alejandrovich consagró algún tiempo al estudio teórico del asunto. Después de leer varios libros antropológicos, pedagógicos y didácticos, elaboró un plan de educación y, buscando al mejor profesor de San Petersburgo para instruir al niño, comenzó la obra, que le preocupaba constantemente.
–Pero, ¿y su corazón? Yo encuentro en el niño el corazón de su padre, y con un corazón así no puede ser malo –dijo la Condesa afectuosamente.
–Tal vez tenga razón… En cuanto a mí, cumplo mi deber. No puedo hacer otra cosa.
–Venga a mi casa –dijo Lidia Ivanovna tras un largo silencio–. Tenemos que hablar de algo muy penoso para usted. Yo lo habría dado todo por librarle de ciertos recuerdos, pero otros no opinan así. He recibido una carta de ella. Está aquí, en San Petersburgo.
Karenin se estremeció al oír aludir a su mujer, pero en seguida se dibujó en su rostro la impasibilidad que expresaba su completa impotencia en aquel asunto.
–Lo esperaba –dijo.
La condesa Lidia Ivanovna le miró extasiado. Lágrimas de admiración ante la grandeza de alma de aquel hombre asomaron a sus ojos.