Ana Karenina

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Capítulo 25

 

Cuando Karenin entró en el pequeño y acogedor gabinete de la Condesa, lleno de porcelanas antiguas y con las paredes cubiertas de retratos, la dueña no se hallaba aún allí. Estaba cambiándose de traje. Sobre la mesa redonda había un mantel, un servicio de china y una tetera de plata que funcionaba con alcohol.

Karenin miró, distraído, los innumerables y bien conocidos retratos que ornaban el gabinete y, sentándose a la mesa, abrió el Evangelio que había en ella.

El roce del vestido de seda de la Condesa le distrajo de su ocupación.

–Ahora sentémonos tranquilamente –dijo ella, sonriendo, al pasar con prisas entre la mesa y el diván–. Y hablaremos durante el té.

Tras una palabras preparatorias, respirando con dificultad y ruborizándose, Lidia Ivanovna entregó a su amigo la carta que recibiera.

Él la leyó y luego guardó un prolongado silencio.

–Creo que no tengo derecho a negarle esto –dijo con timidez, alzando la vista.

–Usted no ve mal en nada, amigo mío.

–Por el contrario, todo me parece mal. Pero, ¿es justo esto?


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