Ana Karenina

Ana Karenina

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Su rostro expresaba indecisión, súplica de consejo, ayuda y orientación en aquel asunto que no sabía resolver.

–¡No! –interrumpió la Condesa–. Todo tiene sus limites. Comprendo la inmoralidad –no era sincera del todo, ya que nunca había comprendido lo que lleva a las mujeres a la inmoralidad–, pero la crueldad, no. ¿Y con quién? ¿Con usted… ? ¿Es posible que ose habitar en la misma ciudad que usted? Nunca se es demasiado viejo para aprenden Ahora empiezo a comprender su superioridad y la bajeza de ella.

–¿Quién puede tirar la primera piedra? –repuso Karenin, visiblemente satisfecho de su papel–. La he perdonado todo y no puedo privarla de una exigencia de su amor… su amor hacia su hijo.

–¿Amor realmente, amigo mío? ¿Es sincero eso? Supongamos que usted la ha perdonado y la perdona. Pero, ¿tenemos derecho a influir en el alma de ese ángel? Él imagina que su madre está muerta, reza por ella y pide a Dios que le perdone sus pecados. Y más vale que sea así… ¿Qué va a pensar el niño ahora?

–No sé –contestó Karenin visiblemente conturbado.

La Condesa se cubrió el rostro con las manos y calló. Rezaba.


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