Ana Karenina
Ana Karenina –Si quiere usted oÃr mi consejo –dijo después de haber rezado, descubriéndose el rostro– le diré que no le recomiendo que haga tal cosa. ¿Acaso no veo cómo sufre usted, cómo sangran de nuevo sus heridas?
Admitamos que prescinda usted de sà mismo, pero esto, ¿a qué le conducirÃa? A nuevos sufrimientos para usted y torturas para el niño. Si quedase en ella algo humano, ella misma lo deberÃa desear. Asà se lo aconsejo sin vacilaciones. Si me lo permite, le escribiré.
Karenin consintió y Lidia Ivanovna escribió, en francés, la siguiente carta:
Señora:
El hacer que su hijo la recuerde puede provocar en él preguntas imposibles de contestar sin despertar en el alma del niño sentimientos reprobatorios de lo que debe ser sagrado para él. Le ruego por eso que considere la negativa de su marido en un sentido de amor cristiano.
Ruego a Dios Omnipotente que sea misericordioso con usted.
La Condesa Lidia.
La carta obtuvo el secreto fin que la Condesa se ocultaba incluso a sà misma: ofender a Ana en lo más profundo de su alma.