Ana Karenina
Ana Karenina –Mejor serÃa que atendiese usted a sus lecciones. El dÃa del santo de uno no tiene importancia para una persona inteligente. Es un dÃa como otro cualquiera en el que hay que trabajar como siempre.
Sergio miró atentamente al profesor, examinó su barba rala, sus lentes que descendÃan más abajo de la señal que le hacÃan sobre la nariz, y quedó tan hundido en sus reflexiones que no entendió ya nada de lo que le explicaba.
Se hacÃa cargo de que el profesor no pensaba lo que decÃa, y lo adivinaba por el tono en que habÃan sido pronunciadas aquellas palabras.
«¿Por qué se habrán puesto todos de acuerdo en hablar de un modo aburrido a inútil? ¿Por qué me rechaza? ¿Por qué no me quiere?»
Asà se preguntaba con tristeza sin hallar contestación.