Ana Karenina
Ana Karenina –SÃ, me divertà mucho, papá –repuso el niño, sentándose de lado en la silla y balanceándola, lo cual le estaba prohibido–. He visto a Nadeñka –se referÃa a una sobrina de Lidia Ivanovna que vivÃa en casa de ésta– y me ha dicho que le han dado a usted una nueva condecoración. ¿Está usted satisfecho, papá?
–Ante todo, no te balancees asà –repuso su padre–. Y luego, lo que debe agradar es el trabajo y no su recompensa. DesearÃa que te fijaras mucho en esto. Si trabajas y estudias tus lecciones sólo por el premio, el trabajo te parecerá muy pesado. Pero cuando trabajes por amor al trabajo, hallarás en él la mejor recompensa.
Alexey Alejandrovich hablaba asà recordando cómo se habÃa sostenido a sà mismo con la idea del deber durante el aburrido trabajo de aquella mañana, consistente en firmar ciento dieciocho documentos.
El dulce y alegre brillo de los ojos de Sergio se apagó, y bajó la vista al encontrar la de su padre. Aquel tono, bien conocido, era el que empleaba siempre con él, y Sergio sabÃa cómo debÃa acogerlo. Su padre le hablaba como dirigiéndose a un niño imaginario –o asà le parecÃa a Sergio–, a un niño como los que se hallan en los libros y a los que Sergio no se parecÃa en nada.