Ana Karenina

Ana Karenina

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Pero el niño procuraba entonces fingir que era uno de aquellos niños de los libros.

–Espero que lo comprendas –concluyó su padre.

–Sí, papá –respondió Sergio, fingiendo ser aquel niño imaginario.

La lección consistía en escribir de memoria algunos versículos del Evangelio y en dar un repaso al Antiguo Testamento.

Sergio conocía bastante bien los versículos del Evangelio, pero ahora, mientras los recitaba, se fijó en el hueso de la frente de su padre, y al observar el ángulo que formaba con la sien, el chiquillo se confundió en los versículos y el final de uno lo colocó en el principio de otro que empezaba con la misma palabra.

Karenin notó que el niño no comprendía lo que estaba diciendo y se irritó.

Arrugó el entrecejo y empezó a decir lo que Sergio oyera ya cien veces y no podía recordar por comprenderlo demasiado bien, al estilo de la frase «de repente», que era un modo adverbial.

Miraba, pues, a su padre con asustados ojos pensando sólo en una cosa: en sí le obligaría a repetir lo que decía ahora, como sucedía a veces.


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