Ana Karenina
Ana Karenina –No me enfado contigo –repuso él, siempre serio–, pero esto en ti me es doblemente penoso y lo siento porque rompe nuestra amistad. Ya comprenderás que para mà no puede ser de otro modo.
Y con esto, Vronsky la dejó.
Reconoció, pues, que sus esfuerzos eran vanos y que debÃa pasar aquellos dÃas en San Petersburgo como en una ciudad desconocida, evitando su relación con el mundo de antes, para no sufrir escenas desagradables y no soportar dolorosas ofensas.
Una de las cosas principalmente ingratas en su situación era que su nombre y el de Karenin se oÃan en todas partes. Imposible hablar de nada sin que el nombre de Alexey Alejandrovich surgiera en la conversación, imposible ir a parte alguna sin riesgo de encontrarle.
AsÃ, al menos, le parecÃa a Vronsky, de la misma manera que a un enfermo a quien le duele el dedo se le antoja que todos los golpes van a parar a él.
A Vronsky la existencia en San Petersburgo le fue todavÃa más penosa, porque durante todo aquel tiempo advirtió en Ana una actitud incomprensible para él.
Algo la atormentaba, sin duda, y algo le ocultaba. No mostraba reparar en las afrentas que emponzoñaban la vida de él y que, dada su aguda sensibilidad, debÃan forzosamente de haberle sido también a ella muy dolorosas.