Ana Karenina
Ana Karenina «No vendrá solo… ¡Y no me ha visto desde ayer a la hora de comer! » , pensó. «No podré explicárselo todo… Vendrá con Jachvin… »
De pronto le acudió a la mente un terrible pensamiento. ¿HabrÃa dejado Vronsky de amarla?
Recordando los hechos de los últimos dÃas, parecÃale ver en cada uno de ellos la confirmación de sus sospechas.
El dÃa antes Vronsky no habÃa almorzado en casa; además insistió en que en San Petersburgo se instalaran separadamente; y ahora no venÃa solo, para evitar verla cara a cara.
« DeberÃa decÃrmelo, debo saberlo… Si lo supiera, ya acertarÃa yo lo que me convendrÃa hacer», se decÃa Ana, sintiéndose sin fuerzas para imaginar la situación en que quedarÃa cuando se cerciorase de la indiferencia de Vronsky.
Pensando que él habÃa dejado de amarla, sentÃase en un extraño estado de excitación, casi desesperada.
Llamó a la doncella y se fue al tocador. Al vestirse, se ocupó de su atavÃo más que todos aquellos dÃas, como si Vronsky, en caso de que la hubiera dejado de amar, pudiese enamorarse de nuevo viéndola mejor vestida y peinada.
El timbre sonó antes de que hubiera terminado.