Ana Karenina
Ana Karenina Cuando salió al salón, no fue la mirada de Vronsky, sino la de Jachvin, la primera que halló.
Vronsky contemplaba las fotografías de su hijo que ella había dejado sobre la mesa y no se apresuró a mirarla.
–Ya nos conocemos ––dijo Ana, poniendo su manecita en la manaza de Jachvin, que la saludaba confuso, ya que, en contraste con su enorme estatura, era un hombre de una gran timidez.
–Nos conocimos en las carreras, el año pasado. ¡Démelas! ––dijo Ana, dirigiéndose ahora a Vronsky y asiendo con un rápido ademán los retratos que él examinaba, y mirándole significativamente con sus ojos brillantes.
–¿Qué tal este año las carreras? –preguntó luego a Jachvin–. Yo he asistido a las del Corso, en Roma. Ya sé que a usted no le gusta la vida extranjera –agregó, sonriendo dulcemente–. Le conozco bien y sé todas sus preferencias a pesar de las pocas veces que nos hemos visto.
–Lo siento, porque todas mis preferencias son, en general, de muy mal gusto –dijo Jachvin, mordiéndose la guía izquierda del bigote.
Después de charlar un rato, y viendo que Vronsky consultaba el reloj, Jaclivin preguntó a Ana si estaría mucho tiempo en San Petersburgo e, irguiendo su imponente figura, cogió su gorra de uniforme.