Ana Karenina
Ana Karenina –Creo que no mucho –repuso Ana mirando a Vronsky con inquietud.
–¿De modo que ya no nos veremos? –preguntó a su amigo levantándose–. ¿Dónde comes hoy?
–Vengan a comer los dos conmigo –dijo Ana, enfadándose consigo misma al notar que se ruborizaba como siempre que mostraba su situación ante una persona más–. La comida aquà no es gran cosa, pero asà se verán ustedes… Alexey, de sus compañeros de regimiento, es a usted a quien aprecia más.
–Muchas gracias –contestó Jaclivin con una sonrisa en la que Vronsky leyó que Ana le habÃa agradado.
Jachvin saludó y salió. Vronsky quedó un poco atrás.
–¿Te vas también? –preguntó Ana.
–Se me hace tarde –contestó él.
Y gritó a Jachvin:
–¡Ahora te alcanzo!
Ana cogió la mano de Vronsky y, sin apartar la mirada de él, buscando en su mente lo que pudiera decir para retenerle, dijo:
–Espera, quiero decirte una cosa.
Le cogió la mano y la apretó contra su rostro.
– ¿Te disgusta que le haya invitado a comer? –añadió.