Ana Karenina
Ana Karenina
Vronsky experimentó por primera vez un sentimiento de enojo contra Ana por su voluntaria incomprensión de la situación presente, sentimiento que se hacÃa más vivo por la imposibilidad de explicarle la causa de su disgusto.
De decir francamente lo que pensaba, habrÃa debido decirle:
«Presentarse con ese vestido en unión de la Princesa, tan conocida por todos, significa, no sólo reconocer su papel de mujer perdida, sino, además, desafiar a toda la alta sociedad, es decir, renunciar a ella para siempre.»
Y eso no se lo podÃa decir.
«Pero, ¿cómo es posible que ella no lo comprenda? ¿Qué le sucede?», se preguntaba Vronsky, sintiendo a la vez que su respeto hacia Ana disminuÃa tanto como aumentaba su admiración por su belleza.
Con el entrecejo arrugado volvió a su habitación y, sentándose junto a Jachvin –quien, con los pies estirados sobre una silla, bebÃa coñac con agua de Seltz–, ordenó que le llevaran la misma bebida.
–Volviendo a lo de «Moguchy», el caballo de Lankovsky –dijo Jachvin–, es un buen animal y te aconsejo que lo compres.
Y prosiguió, mirando el rostro grave de su amigo:
