Ana Karenina

Ana Karenina

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«Hoy es la cuarta de abono. Eso significa que asistirá todo San Petersburgo. Seguramente estarán allí mi madre y Egor con su mujer.. Ahora Ana entra, se quita el abrigo, aparece en plena luz… Y con ella Tuschkevich, Jachvin, la princesa Bárbara â€¦ » , pensaba Vronsky, imaginando la entrada de Ana en el teatro.

«¿Y yo? O dirán que tengo miedo, o que me he librado en Tuschkevich de la obligación de protegerla. Por donde quiera que se mire, es absurdo. ¡Absurdo, absurdo! ¿Por qué se empeñará en ponerme en esta situación?», se preguntó, agitando violentamente las manos.

Este ademán le hizo tropezar con la mesita en la que estaba la botella de coñac y el agua de Seltz, y faltó poco para que la derribase.

Al tratar de sostenerla, la hizo caer y, enojado, dio un puntapié a la mesa y llamó al ayuda de cámara.

–Si quieres estar a mi servicio, acuérdate de lo que debes hacer. ¡Que no vuelva a pasar esto! ¡Llévatelo! –dijo al criado que entraba.

El sirviente, sabiendo que la culpa no era suya, trató de justificarse; pero, al mirar a su señor, comprendió por su rostro que valía más callar. Así, pues, inclinándose sobre la alfombra, balbuceó unas excusas y comenzó a separar las botellas y copas rotas de las que habían quedado intactas.


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