Ana Karenina

Ana Karenina

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–Es un poco caído de grupa, pero de cabeza y de patas no deja nada que desear.

–Creo que lo compraré –repuso Vronsky.

Se interesó en la charla sobre caballos, pero continuamente pensaba en Ana, escuchando sin querer los pasos que sonaban en el corredor y mirando el reloj de la chimenea.

–Ana Arkadievna ha ordenado que les diga que sale para el teatro –dijo el criado, entrando.

Jachvin vertió una copa más de coñac en el agua de Seltz, bebió y se levantó, abrochándose el uniforme.–¿Vamos? –dijo, sonriendo levemente bajo el bigote y mostrando con su sonrisa que comprendía el descontento de Vronsky, aunque no le daba importancia.

–Yo no voy –repuso Vronsky, serio.

–Yo no puedo dejar de ir. Lo he prometido. Hasta luego, pues. Y, si no, ¿por qué no vas a butacas? Quédate con la de Krasinsky –dijo Jachvin, saliendo.

–Tengo que hacer.

«La mujer propia da muchas preocupaciones y la que no lo es, más aún», pensó Jachvin, al salir del hotel.

Vronsky, una vez solo, se levantó de la silla y se puso a pasear por la habitación.


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