Ana Karenina

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De allegados propios sólo estaba en su casa aquel verano Sergio Ivanovich, pero aun éste no tenía, en realidad, en su modo de ser nada de los Levin, sino de los Kosnichev, de modo que el ambiente de los suyos desaparecía por completo.

En aquella casa, durante tanto tiempo desierta, había tanta gente ahora, que casi todas las habitaciones estaban ocupadas, y a diario la anciana princesa, al sentarse a la mesa, tenía que contar a todos y poner a comer en una mesita aparte a alguno de sus decimosegundo o decimotercero nietos.

Kitty, que se ocupaba activamente de la casa, tenía no poco trabajo en encontrar gallinas, pavos y patos, que se consumían en enormes cantidades dado el apetito que mostraban los invitados, y en particular los niños, aquel verano.

Durante la comida de aquel día, toda la familia estaba reunida a la mesa. Los hijos de Dolly, la institutriz y Vareñka trazaban planes sobre los sitios donde habían de ir a buscar Betas. Sergio Ivanovich, a quien todos tenían por su sabiduría e inteligencia un respeto rayano en adoración, sorprendió a todos interviniendo en la charla sobre las setas.

–Permítanme que les acompañe. Me gusta mucho buscar setas –dijo, mirando a Vareñka–. Me parece una agradable ocupación.


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