Ana Karenina

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–¿Por qué no? Con mucho gusto –repuso ella ruborizándose.

Kitty cambió con Dolly una significativa mirada. Aquella proposición de Sergio Ivanovich confirmaba ciertas sospechas que Kitty albergaba hacía algún tiempo.

Temiendo que advirtiesen su gesto, se puso a hablar en seguida con su madre.

Después de comer, Sergio Ivanovich se sentó ante su taza de café junto a la ventana del salón, continuando la charla iniciada con su hermano y, mirando de vez en cuando hacia la puerta por la que habían de pasar los niños al salir de excursión. Levin se había instalado en el alféizar de la ventana, junto a él.

Kitty, en pie cerca de su marido, esperaba el momento de que cesase aquella conversación, que le interesaba poco, para decirle unas palabras.

–Has mejorado mucho desde que te casaste –empezó Sergio Ivanovich, mirando a Kitty con una sonrisa y evidentemente poco interesado en el coloquio con su hermano, aunque siguiera fiel a su pasión de discutir las cosas más paradójicas.

–No te conviene para la salud estar de pie, Katia –le dijo su marido, acercándole una silla y mirándola significativamente.


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