Ana Karenina

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–Es verdad. Mas yo debo dejaros –dijo Sergio Ivanovich, viendo que los niños salían corriendo, con gran algazara.

Tania, con sus medias muy estiradas, agitando el cesto y el sombrero de Sergio Ivanovich, se precipitó rápidamente hacia éste.

Una vez junto a él, con atrevimiento, brillándole los ojos, tan parecidos a los hermosos ojos de su padre, la niña alargó el sombrero a Sergio Ivanovich y fue a ponérselo ella misma, suavizando su audacia con una sonrisa tímida y dulce.

–Vareñka espera –dijo, poniéndole cuidadosamente el sombrero al leer en la mirada de Sergio Ivanovich que se lo permitía.

Vareñka se hallaba en la puerta vistiendo un trajecito de algodón amarillo, con un pañuelo blanco a la cabeza.

–Ya voy, Bárbara Andrievna –––dijo Sergio, terminando la taza de café y echándose al bolsillo el pañuelo y la pitillera.

–¡Cuán encantadora es mi Vareñka! –dijo Kitty a su marido, apenas se levantó Sergio Ivanovich, y de modo que éste lo pudiese oír.

–¡Qué hermosa es, qué notablemente bella! ¡Vareñka! –llamó Kitty–. ¿Estaréis en el bosque del molino? Iremos allí luego…


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