Ana Karenina

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–Olvidas tu estado por completo, Kitty –dijo la anciana princesa cruzando la puerta con precipitación–. ¡No grites tanto!

Vareñka, al oír la voz de Kitty y la reprensión de la madre, se acercó rápidamente a aquélla. La ligereza de sus movimientos, los colores que cubrían su animado rostro, todo denotaba en ella un estado de espíritu excepcional.

Kitty, que sabía bien la causa de ello y lo observaba con interés, no la había llamado ahora sino para bendecirla mentalmente por el importante hecho que, a su juicio, debía suceder hoy, después de comer, en el bosque.

Le dijo, pues, en voz baja:

–Vareñka, sería muy feliz si sucediera una cosa.

–¿Vendrá usted con nosotros? –dijo Vareñka a Levin, conmovida y fingiendo no haber oído a Kitty.

–Iré hasta la era y me quedaré allí.

–¿Para qué necesitas ir a la era? –preguntó su mujer.

–Para ver los furgones nuevos y revisarlos –dijo Levin–. Y tú, Kitty, ¿dónde estarás?

–En la terraza.

 


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