Ana Karenina
Ana Karenina La anciana princesa, comprendiendo que en ella, autora principal de aquella innovación, se centraba el enojo de Agafia Mijailovna, fingÃa estar ocupada en otras cosas y no interesarse por las fresas, y hablaba de asuntos indiferentes con sus hijos, pero no apartaba la vista del fogón.
–Siempre compro yo misma los vestidos para las muchachas cuando hay saldos en las tiendas –decÃa la Princesa, continuando la conversación iniciada.
Y añadió, dirigiéndose a Agafia:
–¿No cree usted que conviene espumarlo ahora, querida? No lo hagas tú, Kitty; hace demasiado calor junto al hornillo.
–Yo lo haré –dijo Dolly.
Y, levantándose, comenzó a pasar la cuchara sobre la espuma del azúcar, dando de vez en cuando golpecitos con la cuchara y desprendiendo lo que se habÃa pegado en ella en un plato, ya cubierto por una espuma de tono amarillo rosado, bajo la que corrÃa la melaza color de sangre.
«¡Con cuánto gusto tomarán esto mis niños, después, a la hora del té!», pensaba Dolly, recordando que a ella de niña le extrañaba que a las personas mayores no les gustara lo mejor: lo que se espumaba al hacer las confituras.