Ana Karenina
Ana Karenina –¿Cómo estamos de caza? –preguntó Esteban Arkadievich a su amigo.
A Oblonsky casi no le quedaba tiempo de decir una palabra amable a cada uno de los presentes.
–Vaseñka y yo –añadió– venimos con intenciones infernales… ¿Sabe, mamá, que él, desde hace no sé cuánto, no estaba en Moscú? Allà tienes una cosa para ti, Tania. Sácala de la zaga del landolé.
Y Esteban Arkadievich se volvÃa a todos lados.
–Estás mucho mejor, Doleñka –dijo a su mujer, besándole la mano una vez más, reteniéndosela en una de las suyas y acariciándosela con la otra.
Levin, un momento antes de excelente humor, miraba ahora a todos sombrÃamente, encontrándolo todo mal.
«¿A quién besarÃa ayer con esos mismos labios?» , se dijo, observando el cariño con que Oblonsky trataba a su mujer. Y, contemplando a Dolly, experimentó la misma sensación de desagrado.
«Puesto que ella no cree en su amor, ¿por qué está tan alegre? ¡Es abominable!», pensó.
Miró a la Princesa, a quien tanta simpatÃa tuviera unos momentos antes, y se sintió vejado por el modo cómo saludaba a aquel Vaseñka con su gorra de cintas, tratándole como si estuviera en su propia casa.