Ana Karenina
Ana Karenina Incluso su hermano, que salió a la escalera, le desagradó, al observar la fingida amistad con que saludaba a Oblonsky, ya que Levin sabía que no le apreciaba ni sentía ningún respeto por él.
También Vareñka le disgustó, viéndola saludar a aquel hombre, con su aspecto de sainte–nitouche , cuando no pensaba en el fondo más que en casarse lo antes posible.
Pero lo que llevó al colmo su despecho fue el ver a Kitty, que dejándose arrastrar por el entusiasmo general, contestaba con una sonrisa, que a él le pareció llena de significación, a la sonrisa feliz de aquel individuo que consideraba su llegada al pueblo como una fiesta para él y para los demás.
Todos entraron en la casa hablando ruidosamente. Pero apenas se hubieron sentado, Levin volvió la espalda y salió.
Kitty comprendió que a su marido le pasaba algo. Trató de hallar un momento para hablarle a solas, pero él la dejó, pretextando tener que trabajar en el despacho. Hacía tiempo que los asuntos de la finca no le parecían tan importantes como hoy.
«Ellos están de fiesta, pero yo debo atender a cosas que no tienen nada de festivas, que no pueden esperar y sin las que es imposible vivir», pensaba.