Ana Karenina

Ana Karenina

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–¿Cansado yo? ¡Aún no me he sentido cansado nunca! Si queréis, esta noche, en vez de dormir, salimos a pasear…

–Muy bien… ¡Esta noche no se duerme! –apoyó Veselovsky.

–¡Oh, ya estamos bien seguros de que tú eres muy capaz de no dormir y de no dejar dormir al prójimo! –afirmó Dolly, con la ligera ironía con la que ahora trataba siempre a su marido–. Pero a mí me parece que es hora ya de acostarse, y me voy. No quiero cenar.

–¡Quédate, Dolleñka! –exclamó su esposo, pasando a su lado, en la mesa–. Tengo muchas cosas que contarte.

–Seguramente no serán más que tonterías.

–Mira; Veselovsky ha estado en casa de Ana y va a ir otra vez. Viven sólo a setenta verstas de aquí. También yo me propongo visitarles. Ven, Veselovsky.

Veselovsky, aproximándose a las señoras, se sentó junto a Kitty.

–Puesto que ha pasado usted por su casa, cuéntenos qué tal está –le dijo Dolly.


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