Ana Karenina
Ana Karenina Levin quedó al otro extremo de la mesa y, mientras hablaba con la Princesa y Vareñka, veía cómo entre Oblonsky, Dolly, Kitty y Veselovsky se mantenía una charla animada y misteriosa. Y notaba, además, en el rostro de su mujer la expresión de un sentimiento serio, mientras, sin apartar los ojos, miraba el agradable semblante de Veselovsky, quien hablaba con animación.
–Están muy bien –decía Veselovsky, refiriéndose a Vronsky y Ana–. No soy quién para juzgar, pero en su casa se siente la impresión de vivir como en una verdadera familia.
–¿Y qué piensan hacer?
–Parece que se proponen pasar el invierno en Moscú.
–Me gustaría que nos encontráramos en su casa. ¿Cuándo piensas ir? –preguntó Oblonsky a Vaseñka.
–Pasaré el mes de julio con ellos.
–¿Tú irás? –preguntó Esteban Arkadievich a su mujer.
–Hace tiempo que me lo proponía y no dejaré de hacerlo –repuso Dolly–. Conozco a Ana y la compadezco. Es una mujer excelente. Iré sola, cuando tú te marches, para no estorbar a nadie. Sí, es mejor que vaya cuando tú no estés allí.
–¡Magnífico! –aprobó Esteban–. ¿Y tú, Kitty?