Ana Karenina

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–Si quieres, esperaremos hasta pasado mañana –contestó Levin con exagerada amabilidad.

Entre tanto, y sin sospechar las torturas que producía su presencia, Vaseñka se levantó de la mesa y siguió a Kitty, mirándola, sonriente y afectuoso.

Levin sorprendió su mirada, palideció y por un momento se le cortó la respiración. Su corazón hervía de ira.

«¿Cómo se permite mirar así a mi mujer?» , se decía.

–Entonces, ¿vamos mañana? –preguntó Vaseñka, sentándose junto a Levin y cruzando las piernas, como tenía por costumbre.

Los celos de Levin aumentaron. Ya se veía convertido en un marido engañado, al que la mujer y el amante sólo necesitan para que les procure placeres y vida cómoda.

Y, sin embargo, como buen huésped, interrogó amablemente a Veselovsky sobre cuestiones de caza; le habló de su escopeta y sus botas y consintió en ir a cazar el siguiente día.


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