Ana Karenina

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Afortunadamente para Levin, la Princesa acabó con sus sufrimientos aconsejando a Kitty que se acostara. Pero aun esto le proporcionó un nuevo motivo de tormento. Al despedirse de la joven, Vaseñka fue a besarle de nuevo la mano. Mas Kitty, con ingenua brusquedad –que su madre le reprochó luego–– retiró la mano, diciendo:

–En nuestra casa no existe esta costumbre…

A juicio de Levin, la culpa era de ella, por haber consentido en que la tratara de aquel modo, y también por la poca destreza con que le demostró después que aquel trato no le placía.

–¿Quién puede tener deseos de ir a la cama con este tiempo? –comenzó Oblonsky, que ahora, después de los vasos de vino bebidos en la cena, se hallaba en un estado de alma dulce y poético–. Mira, Kitty –dijo, mostrándole la luna que asomaba entre los tilos–. ¡Qué maravilla! Veselovsky, éste es el momento adecuado para una serenata. ¿Sabéis que tiene una voz estupenda? Por el camino hemos cantado mucho los dos… Además, trae unas magníficas romanzas nuevas… Podría cantar con Bárbara Andrievna.

Cuando todos se hubieron acostado, Oblonsky pasó bastante tiempo aún paseando con Veselovsky. Desde la casa se oían sus voces tratando de cantar a dúo una nueva pieza.


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