Ana Karenina

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Levin, sentado en el dormitorio conyugal, les oía cantar, frunciendo las cejas, y escuchaba sin contestar las preguntas que Kitty le dirigía a propósito de su actitud, que la tenía preocupada.

Al fin le preguntó, sonriendo tímidamente:

–¿Quizá te ha molestado alguna cosa de Veselovsky?

Entonces, sin poder contenerse, él se lo dijo todo, y como lo que decía le ofendía a él mismo, ello no hacía sino aumentar su irritación.

Permanecía ante Kitty con un terrible brillo en los ojos bajo el arrugado entrecejo, y oprimiéndose el pecho con sus manos vigorosas, como para contenerse. La expresión de su rostro habría resultado severa y hasta feroz si a la vez no expresara un sufrimiento que conmovió a Kitty. Los pómulos le temblaban, se le entrecortaba la voz.

–Como supondrás, no tengo celos, ni puedo tenerlos. Esa palabra es detestable. No es que crea que… En fin, no puedo decir lo que siento, pero es terrible. No tengo celos, pero me siento ofendido, afrentado por el hombre que osa mirarte de ese modo.

–Pero, ¿de qué modo me ha mirado? –preguntaba Kitty, tratando de recordar todas las palabras y ademanes de aquella noche en sus menores detalles.


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