Ana Karenina
Ana Karenina En el fondo, reconocÃa que hubo algo inconveniente en el modo con que Veselovsky la habÃa seguido al otro extremo de la mesa, pero no se atrevÃa a confesárselo, y menos aún a decÃrselo a Levin, por no acrecentar sus sufrimientos.
–¿Qué atractivos puedo tener para… ?
–¡Oh! –exclamó Levin, llevándose las manos a la cabeza–. ¡Más valdrÃa que callases! ¡De modo que si fueras atractiva… !
–Óyeme, Kostia, no seas asÃ… –dijo Kitty, mirándole con expresión compasiva–. ¿Cómo puedes pensar… ? ¡Si para mà los hombres no existen, no existen, no existen! ¿O es que quieres que no me trate con nadie?
Al principio le habÃan ofendido sus celos, disgustada de que hasta la más pequeña a inocente diversión le fuera prohibida, pero ahora habrÃa sacrificado con gusto, no tales pequeñeces, sino todo, por devolverle la tranquilidad y librarle de la pena que experimentaba.
–¿Comprendes lo cómico y horrible de mi situación –seguÃa él en voz baja, desesperado–. Está en mi casa, no ha hecho nada malo en realidad, aparte de esa costumbre suya de cruzar las piernas, que él considera como un detalle más de elegancia, y tengo que ser amable con él…