Ana Karenina
Ana Karenina –¡Cómo exageras, Kostia! –exclamó Kitty, contenta en el fondo del amor inmenso que Levin le demostraba con sus celos.
–Lo horrible es que ahora, cuando eras más que nunca sagrada para mí, cuando éramos tan felices, tan infinitamente felices, llega ese hombre insignificante y… ¿Y qué puedo decir contra él? ¡No tengo nada que ver con hombre semejante! ¡Pero mi felicidad, tu felicidad… !
–Ya sé por qué ha pasado todo esto –dijo Kitty.
–¿Por qué? Dímelo…
–He notado cómo nos mirabas mientras hablábamos durante la cena.
–¡Ah! –exclamó Levin, inquieto.
Ella le explicó de lo que hablaban. Al contarlo, le sofocaba la emoción.
Levin calló. Luego miró el rostro pálido y disgustado de su esposa y se llevó las manos a la cabeza.
–¡Qué dolor te he causado! Perdóname, Katia. Ha sido una locura. ¡Qué mal me he portado, Katia! ¿Es posible que me haya torturado semejante tontería?
–No sabes cuánto lo siento. ¡Te compadezco con toda mi alma!