Ana Karenina

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–¡Calla, « Krak» , calla! –ordenó afectuosamente a su perro, que le ponía las patas sobre el vientre y el pecho, aferrándose a su morral.

Esteban Arkadievich llevaba botas viejas, bandas hechas de ropa usada, unos calzones rotos y una zamarra. En la cabeza ostentaba los restos de un sombrero. En cambio, su escopeta de nuevo sistema era un verdadero primor, y su morral y canana, aunque gastados, eran de cuero de primera calidad.

Veselovsky, hasta entonces, no había comprendido la verdadera elegancia del cazador, consistente en llevar ropa y zapatos viejos y en cambio efectos de caza inmejorables. Ahora, mirando a Oblonsky, esplendoroso entre aquellos andrajos, con su figura distinguida y jovial de verdadero señor, decidió que para la próxima cacería se vestiría del mismo modo.

–Veo que nuestro huésped se retrasa–dijo Vaseñka Veselovsky.

–Hombre, piense en su joven esposa… –repuso Oblonsky, sonriendo.

–Por cierto que es encantadora.

–Ya estaba vestido. Debe de ser que ha ido otra vez a verla.


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