Ana Karenina

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–Perdonen –concluyó–. Allí viene otro a fastidiarme.

Saltó del charabán en que ya se había acomodado y saltó al encuentro del maestro carpintero, quien, con una vara de medir en la mano, se acercaba a él.

–Ayer no pasaste por el despacho y hoy vienes a entretenerme… ¿Qué quieres?…

–Permítanos añadir unos peldaños a la escalera. Con tres más habrá bastante. Así lo arreglaremos bien. Será mucho más descansado…

–¡Más valdría que me hubieses obedecido! –contestó Levin con enfado–. Te dije que pusieras los soportes y luego colocarás los peldaños. Ahora ya no hay arreglo. Haz lo que te he ordenado y construye una escalera nueva.

Ocurría que el maestro carpintero había estropeado una escalera, que construía para el pabellón, haciendo los soportes por separado sin calcular la pendiente. Los peldaños quedaron demasiado inclinados, y ahora el carpintero quería agregar tres más, dejando la misma armazón.

–Esto sería mejor –dijo.

–¿Cómo vas a arreglarte con tus tres escalones?

–No se preocupe –contestó el otro, con sonrisa desdeñosa–; ya cuidaré yo de que quede bien. La iremos


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