Ana Karenina
Ana Karenina montando desde abajo, y llegará arriba –añadió con gesto persuasivo precisamente donde ha de llegar.
–Pero los tres peldaños la alargarán. ¿Hasta dónde va a llegar?
–La pondremos desde abajo, y ya verá cómo queda bien –repitió el carpintero con persuasión y terquedad.
–¡Llegará al techo!
–No llegará. La subiremos de modo que quede justa.
Levin, con la baqueta del arma, empezó a dibujar la escalera en el polvo del camino.
–¿Lo ves? –preguntó al carpintero.
–Como usted quiera –repuso el hombre, cambiando de expresión repentinamente y mostrando que habÃa comprendido al fin–. Ya veo que hay que hacer una escalera nueva.
–Pues hazlo como te mando –exclamó Levin, sentándose en el charabán–. ¡Vamos! –ordenó al cochero–. Felipe: sujeta los perros.
Ahora que dejaba tras sà todas las preocupaciones familiares y domésticas, experimentaba tan viva alegrÃa de vivir que no tenÃa ni deseos de hablar. SentÃa la emoción concentrada que experimenta todo cazador acercándose al cazadero.